Dado que nadie está excluido de invocar a Dios, la puerta de la salvación está abierta a todos. No hay nada que nos impida entrar por ella, sino sólo nuestra propia incredulidad.
La promesa que nos da ánimo en toda circunstancia, principalmente cuando perdemos a un hermano en Cristo por la muerte, es que El Señor regresará y lo hará de una forma gloriosa.